Por Gachi Waingortin:

¿Cómo enfrentar las crisis de la vida?

La vida es un regalo. Pero como todo regalo, no siempre lo que encontramos al abrirlo es exactamente lo que esperábamos. Dicen que, al igual que con una caja de bombones, uno nunca sabe qué le va a tocar. Pero siempre debemos encontrar la dulzura. Un diagnóstico catastrófico, un desastre natural, un accidente, un divorcio, todo puede cambiar drásticamente en un minuto. ¿Puede nuestro judaísmo ayudarnos a enfrentar situaciones semejantes?

Dentro del proceso natural de negación, ira, negociación, depresión y aceptación, como judíos deberíamos preguntarnos cómo lo que nos está sucediendo puede ayudarnos a mejorar el mundo, es decir, a cumplir nuestra misión en la vida, que es hacer Tikún Olam. Una vez escuché que D´s no siempre nos da lo que le pedimos, sino lo que necesitamos. Y aun si no fuese esa la intención divina, es nuestra obligación evaluar cómo podemos superarnos al superar el desafío que se nos presenta.

Quizás lo primero es encontrar qué es lo que debemos aprender de todo esto. Quizás lo que nos pasa deba enseñarnos a ser más sensibles, a tener más paciencia, a ser más tolerantes e inclusivos, a ser más perseverantes, a comprender que no es lo perfecto lo que mueve el mundo. Si esto que nos ocurre, más difícil, distinto de lo que esperábamos, nos ayuda mejorar como personas, estará ayudándonos a cumplir nuestra misión. Y si no lo está haciendo, es nuestra tarea lograr que así sea.

Como explica Aviva Gottlieb Zornberg, al final de cada día de la Creación, D’s mira y ve “que era bueno”. Pero al finalizar el último día, nos dice: “Y vio D’s todo lo que había hecho y vio que era muy bueno. Y fue la tarde y fue la mañana, el día sexto” (Bereshit 1:31). ¿Qué pasó el día sexto que no hubiera sucedido los demás días? ¿Qué es lo que D´s encuentra “muy bueno”? Según el Midrash, en la tarde del sexto día ocurre el episodio del Gan Eden: D´s coloca al ser humano recién creado en el jardín del Paraíso, les prohíbe comer del fruto del árbol del bien y del mal, ellos comen, son expulsados y adquieren la noción de su mortalidad. D’s revisa Su trabajo, que ahora incluye el fracaso y la muerte; y lo encuentra, como a nada antes, muy bueno. La imperfección es parte de la perfección.

Cuando se trata de un hijo, viene bien recordar un bello midrash en Bereshit Rabá 8:9 acerca de la creación del ser humano. En ese momento, D’s se enfrenta a una disyuntiva. En Su omnisciencia, sabe que está a punto de crearse un problema. Sabe que Su creación tomará decisiones equivocadas, que será un ser complejo y contradictorio. ¿Para qué crearlo? D’s lo crea de todos modos, solamente por los justos que descenderán de él. “Si lo creo”, dice D’s, “engendrará personas malvadas. Pero si no lo creo, ¿cómo va a engendrar personas buenas?” D’s apuesta a que Sus hijos le darán satisfacciones, pese a los riesgos que ello implica. Como padres de carne y hueso también asumimos los riesgos de la crianza en la esperanza de que, sea cual fuese la realidad que se nos presente, siempre hallaremos en los hijos una fuente de bendición. D’s nos ama pese a nuestros defectos y encuentra en nosotros Su fuente de bendición. Como padres humanos deberíamos tratar de hallar la bendición aun dentro de las dificultades que un hijo pudiera presentar.

Deberíamos pensar si no estamos jugando a ser perfectos. Solemos pretender vernos bellos, exitosos. Buscamos rodearnos de lo perfecto, bello y exitoso porque es la imagen que deseamos transmitir, tanto para nosotros mismos como hacia los demás. Y acá entra un factor importante en este análisis: nuestros hijos no son nuestro espejo, son personas diferentes de nosotros. Parece una verdad de Perogrullo, pero la olvidamos con demasiada frecuencia. Solemos cometer el mismo error con nuestra pareja y en general con la mayoría de nuestras relaciones. Pretendemos que el otro funcione, piense, reaccione, sea como nosotros. La decepción es automática porque es una ilusión que jamás se convierte en realidad. Aceptar al otro tal como es, se nos presenta como el mayor desafío. Entramos entonces en otro ámbito de potencial fracaso, que es el de las relaciones. Una reflexión que puede ser útil es analizar cuál es nuestra responsabilidad en el asunto, para poder mejorar y no repetir errores en el futuro. O cómo aprender a perdonar. Nuevamente, si de un fracaso salimos fortalecidos, si mejoramos como personas, el fracaso no fue tal.

La enfermedad y la vejez son quizás los desafíos más difíciles de enfrentar. En su novela “Bajo el Árbol de los Toraya”, Philippe Claudel plantea que el cuerpo pasa por diferentes etapas en nuestra evolución, de ser un cuerpo amigo en la juventud a ser un cuerpo hostil en la ancianidad o ante problemas de salud. También ahí debemos encontrar la manera de lograr ser mejores. Las historias de superación que pueden inspirarnos abundan.

Nuestros textos nos ofrecen algunos ejemplos que podemos tener en mente. Naomi y Rut son dos mujeres que, tras perder a todos los hombres significativos de sus vidas (Naomi pierde a su esposo y sus dos hijos, Rut a su marido) logran rehacer sus vidas y nos dan un maravilloso ejemplo de resiliencia. Job lo pierde todo y enfrenta su crisis con una coherencia ética sin precedentes. Pero quien nos enseña que ante cualquier circunstancia debemos crecer y mejorar es nuestro patriarca Jacob. Enfrentado al mayor desafío de su vida, el reencuentro con su hermano Esav, lucha con un ser que representa todas sus dificultades. En un momento, el adversario le pide que lo deje ir. Jacob le responde: “No te dejaré ir a menos que me bendigas”. Quiera D’s que nuestras vidas sean tranquilas y sin demasiados sobresaltos. Pero si tuviésemos que enfrentar alguna prueba, que no la dejemos partir sin que nos entregue su bendición.

Por Gachi Waingortin.