Por Sally Bendersky:

Auge y caída de una mujer: ¿Sexismo, liderazgo cuestionable, o ambos?

Jill Abramson es una mujer de origen judío nacida en 1954, criada y educada en Nueva York, en un entorno judío liberal. Ella suele decir, y yo la escuché el pasado 5 de diciembre en una conferencia en la Universidad Diego Portales, que la religión de su familia era el New York Times. Lo que el periódico decía constituía verdad para sus padres. De hecho, compraban más de un ejemplar diario para que padres y hermanos pudieran leerlo sin dificultad.

No es difícil, entonces, comprender la vocación profesional de Jill. Periodista graduada en la universidad de Harvard, comenzó a ejercer su profesión a fines de la década de los ’70, en los que no existía ni una sola mujer desempeñándose en cargos editoriales. A partir de los ’80 comenzaron a haber más mujeres en ese tipo de labor. Extrañamente, en la presente década, la participación femenina en trabajo editorial ha declinado en relación a años anteriores. Jill nos cuenta que en 2017 hay menos mujeres que en 2007.
El 6 de septiembre de 2011, Jill recibió lo que calificó de “la mejor noticia de su vida”: había sido nombrada editora ejecutiva (o editor jefe) del New York Times, el más alto cargo en el ámbito noticioso, después de pasar por varios cargos editoriales en ese periódico, desde que ingresó a trabajar en él, en 1997. Era la primera vez en los 160 años del periódico que una mujer ocupaba un cargo de esa naturaleza.

Pero Jill no estuvo todo el tiempo que era de esperar en ese cargo. Por lo general, los ejecutivos jubilan alrededor de los 65 años de edad, que ella tendrá en 2019. Sin embargo, el 14 de mayo de 2014, a los dos y medio años de ejercer su cargo, Abramson fue repentinamente despedida por su jefe directo, dueño de cuarta generación del periódico y presidente del directorio,
Arthur Sulzberger Jr. La explicación que éste entregó al personal del diario fue la existencia de algunas diferencias entre él y Jill por el estilo de gerenciamiento de la periodista. Fue explícito en comentar que no había problemas en los resultados que la empresa estaba obteniendo. De hecho, en dos años el New York Times había recibido ocho premios Pulitzer, y la penetración digital del periódico, tema estratégico que le había sido asignado, estaba bien encaminada.

Luego se supo que Jill era calificada por algunos de sus subordinados con adjetivos tales como: abrasiva, mandona y brusca. Además, se comentaba que no escucha y que frecuentemente interrumpe a las demás personas cuando ellas están hablando. Ella misma contó a la nutrida audiencia en la conferencia que mencioné más arriba, que le habían dicho que era demasiado agresiva (“pushy”). En la conferencia dijo, también, que nunca había escuchado algo así de parte de su esposo o de sus dos hijos.

El afamado entrevistador Charlie Rose, ahora castigado por acoso sexual, conversó en 2014 con tres destacados periodistas, dos mujeres y un hombre, para iluminar el posible origen del despido de Jill Abramson. Los entrevistados no se pronunciaron directamente sobre la razón última del hecho. Tampoco lo hizo la propia Jill en la conferencia en Santiago. Pero todos insinuaron la posibilidad de sexismo. Ann Marie Lipinski, quien fuera editora del Chicago Tribune, le dijo a Charlie Rose que ella observa una regresión de la participación femenina en cargos de responsabilidad en el ámbito de los medios de comunicación. Sugirió que a las mujeres se les hacen requerimientos difíciles de cumplir: se les pide que sean asertivas pero no agresivas; fuertes pero no demasiado fuertes; humanas pero no maternales. Con todo, Abramson había logrado introducir paridad de género en los puestos de responsabilidad editorial del New York Times.

Yo doy fe de que esas paradojas no solo operan en el ámbito periodístico. Es la historia de mi vida profesional, particularmente en los ‘80s, cuando me desempeñé como jefe de proyectos de sistemas informáticos bancarios en dos bancos. Yo proponía, defendía mis propuestas y argumentaba. Aprendí que, en el caso de una mujer, eso era ser una persona difícil de tratar y conflictiva. Recuerdo haber pensado en los mismos términos en que escuché a Jill Abramson casi cuarenta años después: las mujeres son castigadas por las mismas actitudes y conductas que son apreciadas y requeridas a los hombres que ocupan posiciones similares.

Para colmo de males, Jill se enteró un día de que su sueldo era significativamente menor que el de su antecesor en el cargo. Por cierto, como es el caso de la mayoría de las mujeres, a ella no se le había ocurrido indagar ese tema antes de asumir su nueva posición en 2011. Cuando lo supo, según propia admisión, Jill se enfureció y le manifestó directamente a su jefe su molestia, lo que probablemente contribuyó a enturbiar aún más las relaciones entre ambos.

Durante la conferencia en Santiago, se le preguntó a Jill Abramson si ella creía que la despidieron por ser mujer. Ella contestó que no creía que ésa fuera la razón, e indicó las siguientes causas posibles: que era considerada una persona difícil; que podría haber actuado de manera excesivamente demandante respecto de su sueldo, y que su sucesor quería obtener ese trabajo y si no era pronto, ya no podría por razones de edad.

Aunque nadie se haya pronunciado abiertamente, no parece discutible la presencia de sexismo. La pregunta que surge es: ¿Será aquello la única razón del despido?
El sucesor de Abramson, Dean Baquet, quien asumió en mayo de 2014, fue ni más ni menos que el editor gerente, brazo derecho de Jill desde el primer día. Su caso es también inédito. Es la primera persona afroamericana que ocupa un cargo superior en los 160 años de vida del periódico. Fue la propia Jill quien lo convenció de tomar el cargo en 2011. Sin embargo, pocos días antes del despido de ella tuvieron una agria discusión debido a que ella contrató a una mujer para que coexistiera con Baquet como su brazo derecho. Lo hizo sin consultarle y ni siquiera informarle previamente que él tendría que compartir su liderazgo con otra persona.

Jill Abramson es devota del periodismo y una trabajadora incansable. Su energía es poderosa. Me he quedado con algunas preguntas, eso sí: ¿Habrá considerado suficientemente las opiniones de otras personas? ¿Respetó los ritmos diferentes de la enorme cantidad de gente con la que debía involucrarse? ¿Habrá sido tajante en tener la razón? ¿Habrá avanzado demasiado rápidamente en temas altamente sensibles?

Hoy en día es tanto o más importante tener conductas de liderazgo efectivo que ser un profesional virtuoso cuando se asumen roles directivos. Aprendí escuchando a Jill Abramson.

Por Sally Bendersky.