Por Gachi Waingortin

Aleinu Leshaveaj: La inspiración para Tikún Olam

Todas nuestras tefilot concluyen con una oración muy especial y querida que comienza con las palabras: “Aleinu leshaveaj laAdón hakol, latet guedulá leiotzer Bereshit”. “Debemos alabar al
Señor de todo, debemos dar grandeza al Creador de
Bereshit”. Vivimos días en los que la humanidad se siente cada vez con más derecho a crear y destruir. Creamos vida artificialmente y la destruimos indiscriminadamente. Junto a avances científicos que pueden llegar a producir una raza suprahumana, somos testigos de atentados terroristas que dejan al individuo indefenso ante la arbitrariedad y el odio. Estamos cumpliendo la promesa de la Serpiente: “Y seréis como dioses”. Un antídoto ante este escenario podría ser una buena dosis de humildad. Humildad para aceptar que uno no es más ni mejor que otros seres humanos, que nadie es dueño de la verdad ni tiene la exclusividad de lo correcto, lo bueno o lo decente. Aceptar a D’s como el Señor de todo, el Creador de todo, debería colocarnos en nuestro lugar de súbditos y no de reyes.

¿Por qué debemos alabar a D’s? “Shelo asanu
kegoie haaratzot, velo samanu kemishpejot haadamá; shelo sam jelkeinu kahem, vegoraleinu kejol hamonam”. “Porque no nos hizo como los demás pueblos ni como las demás familias de la Tierra; porque nuestra esencia y nuestro destino son diferentes”. Podríamos pensar que esto contradice lo que acabamos de decir. Podría entenderse como que nos sentimos superiores y dueños de la verdad. Nada más lejano al sentido de estas palabras. Agradecemos a D’s por ser judíos, por nuestra existencia. Aceptar el derecho legítimo de todos los seres humanos a ser lo que cada uno es, implica empezar valorando lo que un mismo es. Si debemos aceptar que cada ser, cada grupo, tiene derecho a vivir según sus preferencias, sus convicciones, sus ideas, también debemos reivindicar eso mismo para nosotros. Somos judíos y agradecemos por ello. Somos diferentes. Hemos preservado esa diferencia, esa especificidad a través de los siglos. Quizás sea eso lo que el mundo no nos perdona. Mientras tantos pueblos desaparecieron o se aculturizaron sometidos por invasiones, conversiones forzosas y colonización, los judíos hemos seguido siendo judíos. Es por eso que “Vaanajnu korim umishtajavim umodim”, “nosotros nos arrodillamos, reverenciamos y agradecemos”. Al decir estas palabras nos inclinamos “lifnei Melej maljei hamelajim, haKadosh Baruj Hu”, frente al Rey de reyes, el Santo Bendito Sea.

El texto vuelve a justificar nuestra actitud de alabanza: “Shehú noté shamaim veiosed aretz”, pues Él creó los cielos y la Tierra. Reconocemos a D’s como fundamento de toda existencia. Proclamamos Su unicidad recordando las palabras del Deuteronomio (4:39) poco antes de los Diez Mandamientos: “Ve iadata haiom vaashebota el levaveja ki Adon-ai Hu haElo-him bashamaim mimaal veal haaretz mitajat. Ein od”. Reconoce hoy y grábalo en tu corazón, que el Eterno es Dios y reina arriba en los cielos y abajo en la Tierra; no hay otro. ¿De qué nos sirve reiterar una y otra vez este concepto? Solo para poder concretar la aspiración mesiánica del siguiente párrafo, resumida en su frase central: “Letaken olam bemaljut Shadai”, reparar el mundo bajo el reino de D’s.
“Por lo tanto, confiamos en la pronta manifestación de Tu gloria que hará desaparecer los falsos valores de la Tierra y destruirá toda suerte de idolatría. Confiamos en un mundo mejor, orientado por nuestra fe en Ti (Letaken olam bemaljut Shadai). Entonces la humanidad Te invocará y todos los malvados tornarán hacia Ti. Todo el universo reconocerá Tu supremacía, todos los hombres pondrán en Ti su esperanza. Tú serás la creencia de todos los seres humanos. Tú reinarás sobre el universo por siempre jamás. “Veneemar vehaiá Adon-ai lemelej al kol haaretz; vaiom hahú ihié Adon-ai ejad ushemó ejad”. Pues así está escrito en Tu Torá: “El Eterno reinará por siempre jamás”. “D’s reinará por toda la eternidad, entonces el Eteno será único y Su nombre único”.

Como decíamos al estudiar el Shemá Israel, en este mundo incompleto e imperfecto, los judíos reconocemos a D’s como el único Creador que gobierna los destinos de la humanidad; pero confiamos en que llegará el día en el cual todos los pueblos Lo reconozcan como uno y único. Hoy muchos aceptan que D’s es uno, sea como divinidad, sea como fuente de energía universal; y la humildad de la que hablamos significa aceptar que los caminos para llegar a Él son tan diversos como las diversas religiones y culturas. Cuando decimos “Vaiom haú ihié Adon-ai ejad ushemó ejad”, en aquel día, D’s será uno y Su nombre uno, estamos diciendo que cuando llegue el Mesías, cuando el mundo esté finalmente redimido, toda la humanidad reconocerá no solo que D’s es uno sino también que Su nombre es uno. Como judíos creemos que llegará el día en el cual todos los caminos para llegar a D’s se unifiquen. Decir que Su nombre será uno, no implica que todos vayan a ser judíos sino que habrá una sola forma de llegar a Él y todos estaremos unidos en tal unicidad.

No sabemos exactamente cómo será el mundo mesiánico. No sabemos cuándo ni cómo ocurrirá. Pero tenemos fe en que de una manera o de otra, la humanidad deberá unirse en hermandad y armonía. Desde un punto de vista pragmático, solo dos caminos se vislumbran ante la sociedad humana: que nos destruyamos entre nosotros o que logremos convivir. Hoy la balanza parece estar inclinada hacia la destrucción, pero la visión de mundo judía nos impele a visualizar y seguir trabajando por la vida. Que nos falta mucho es indudable. Pero ya lo dice Pirkei Avot (2:16): “No depende de ti terminar la obra, pero no estás libre para desentenderte de ella”.