Uno de los primeros artistas abstractos de Estados Unidos:

Adolf Gottlieb

La obra pictórica de Gottlieb (1903 – 1974) está casi completamente vinculada a la ciudad de Nueva York, donde nació y vivió la mayor parte de su vida.

Cuando adolescente, pudo viajar a Europa y conocer directamente el ambiente de las vanguardias artísticas. Se había embarcado a los 16 años, con un amigo, en un barco mercante y recorrió Alemania, Checoslovaquia, Austria y los lugares desde donde provenían sus antepasados en Europa Oriental, recorriendo museos y galerías de arte.

Residió durante tres meses en París, visitando diariamente el Louvre y asistiendo a clases en la Grande Chaumiere.

A su regreso a Estados Unidos, se incorporó a la Art Students League y luego a la Parsons School of Design, durante los años 1922 y 1923.

Formó parte del grupo de artistas jóvenes apoyados por el Federal Art Projects y expuso por primera vez en forma individual en las Galerías Dudensing de Nueva York en 1930.

En 1932 se casó con la pintora Esther Dick (1907 – 1981). Cinco años más tarde se trasladaron al desierto de Arizona, donde Gottlieb desarrolló un estilo muy personal, combinando elementos expresionistas, surrealistas y abstractos. De la observación de temas locales, muy concretos, llegaba a su propia forma de expresión, transformándolos en símbolos y signos, como podemos apreciar en la obra que ilustra este artículo, un acrílico sobre papel de 66 por 50 centímetros que está en el Museo Whitney de Nueva York. Como podemos apreciar, Gottlieb recrea en este cuadro el colorido del desierto. Defendiéndose de acerbas críticas a su regreso a Nueva York, escribió: “El papel del artista ha sido siempre el de creador de imágenes. Tiempos diferentes requieren imágenes diferentes”.

En 1943 formó con Mark Rothko, también judío, de quien era gran amigo, el grupo llamado “Pintores de Nueva York”, cuyo lema era: “Nuestra tarea como artistas es hacer que el público vea el mundo como lo vemos nosotros y no como lo veían inicialmente”.

Años más tarde, Adolf Gottlieb se inició en la escultura, que expuso exitosamente, pero continuó paralelamente con la pintura, con la que desarrolló una serie que llamó “paisajes imaginarios”, en la que dividía el formato mediante una línea horizontal en dos zonas distintas.

Finalmente, en una progresiva simplificación, llegó a cuadros en los que solamente uno o dos elementos flotan sobre un fondo plano. Esa síntesis fue la culminación de su búsqueda de la sencillez de la belleza.

Muy activo durante la década del 60, fue el primer artista norteamericano galardonado con el Gran Premio de la Bienal de Brasil.

En 1970 sufrió un derrame cerebral que sólo le permitía movimiento del brazo y la mano derecha, sin embargo siguió pintando hasta su muerte, en Long Island, a los setenta y un años de edad.

Sus trabajos están en más de ciento cuarenta museos, además de sus vitrales en el Centro Steinberg de Nueva York y en el Jewish Center Kingsway de Brooklyn.

En 1976 se creó la Fundación Adolf y Esther Gottlieb, cuyos objetivos son entregar becas a artistas nóveles o ayudar a aquellos que han sufrido serias emergencias, custodiar los archivos y obras de Gottlieb y organizar exposiciones de sus obras y las de otros artistas, lo que ha venido realizando en diferentes espacios públicos de Estados Unidos, Suiza, España y otros países.

Por Sonja Friedmann.