Del libro “Napoleón en Vilna y otros cuentos judíos”:

A mis admiradoras húngaras

G racias a las damas, especialmente si son finas. También a los varones magiares presididos por el caballeroso José Mozes. Sus elogios han hecho subir el barómetro de mi vanidad, pero no la soberbia, pues sigo saludando a todos como antes…

¿Por qué cada célula de mi corazón se ha emocionado? Usaré una parábola: “Si un catador francés famoso opina que un vino chileno es extraordinario, ese dictamen vale más que el de un enólogo nacional corriente”.

Si mis lectores húngaros sostienen que tengo sentido del humor en mis cuentos o crónicas, esa crítica positiva es muy valiosa por provenir de quienes son famosos por su sentido de la ironía. Basta el ejemplo de Efraín Kishon, que llegó en edad madura a Israel y en un idioma que no era el suyo (hebreo) hizo reír a todos los judíos. Si ya esa lengua graciosa que usan, con puras esdrújulas, nos hacen sonreír, sin entender ni jota.

Cuando estaba en primer año de la universidad conocí y fui amigo de Eugenio, un judío húngaro muy culto, mayor que yo, pero que tuvo la gentileza de ponerme al día en la literatura magiar. Los poemas de Sandor Petófi (espero que esté bien escrito) me llegaron al alma, a pesar que en la traducción perdían parte del romanticismo.

Mi amigo, para ganarse la vida, preparaba unas colonias que llamó Vindobona. Así supe que ese era el antiguo nombre de Viena.

Me invitó a unos bailes que se celebraban en un club húngaro, que si mi memoria de hace 57 años no me engaña, se llamaba Concordia y estaba en calle Compañía al 1500.

¡Qué hermosas chiquillas conocí allí! Ahora lo puedo confesar (a pesar que era soltero) y sólo podía gozar bailando y mirando.

Nunca pude pololear con ellas porque eran mayores que yo y con mi cara de bebé no me prestaban atención. Cuando les contaba que estaba en primer año de Ingeniería, me preguntaban dónde estaba ese liceo…

Mi rostro de guagua y la falta de idioma me frustaron los intentos románticos. Después Eugenio, que era marxista, regresó a Hungría y se empleó en su gobierno.

En 1970, en la reunión de la UNCTAD en Santiago, lo invité a almorzar. Pero ya no era lo mismo porque una pared ideológica nos separaba y, además, el judaísmo no le interesaba y se cambió el apellido para que no “sonara” tan judío.

Cuando visité Budapest, una belleza de ciudad, me sorprendió la cantidad de judíos que no hablaban idish y sólo podía entenderme con ellos a través de la mímica o de un intérprete.

El humor es la parte más difícil de la literatura pues, corno escribe el filósofo francés Henry Bergson, se necesita de mucha naturalidad, ser espontáneo y terminar con un final inesperado.

El humor judío tiene otro componente: el de las tzores (penurias). Las cubren con humor negro. Me recuerda el poema sobre un famoso comediante inglés que visita de incógnito al más prestigiado médico especialista en nervios y melancolía (esta palabra me suena mucho más romántica que el “bajoneado” que usan los lotos). Después de examinarlo prolijamente, el doctor le dice:

—Usted está físicamente sano, pero sufre de tristeza y amargura. Le aconsejo que vaya a ver unas obras del famoso comediante Garrick y se le pasará la melancolía.

—Lo siento, doctor, su receta no me sirve, pues Garrick soy yo.

El humor es peligroso, pues lo que gusta a unos, a otros les parece un poco fuerte.

Con el humor uno se puede meter en las patas de los caballos. Pero yo, que hasta el día de hoy le tengo miedo a los perros, poseo cierta valentía intelectual.

Lo que más me gusta es hacer reír en otro idioma. He hecho carcajear en francés, inglés, hebreo, italiano e idish.

El humor sirve para defenderse de los pesados y de los nudniks. Tengo amenazados a varios, que sin mencionar sus nombres, jasve jolile (1), toda la colectividad los reconocerá en mis cuentos y se morirán de la risa. Ha sido santo remedio.

“En fin, les contaré que lo que más deseaba a los quince años era escribir y estudiar literatura universal. En esos años no se hacía lo que a uno le gustaba sino lo que se debía. Vi el ejemplo en mi casa. Para que mi padre pudiera escribir, mi madre manejaba el negocio y la casa. Yo quise casarme joven y para mantener a una familia, estudié una profesión científica-práctica que me permitió ingresos apenas me recibí.

Este párrafo se lo dedico a los grandulones de 30 años o más, que se dedican al dolce far niente, porque nunca han encontrado un trabajo que les guste o que los hagan sentirse “realizados”.

Gracias queridos amigos de Masze por su estímulo, nunca es tarde para empezar a escribir.

1) D’s me libre.

Por Benny Pilowsky Roffe