La novela personal y familiar de Marcos Alvo
Por LPI
Pero además de la entrevistadora, hay otro testigo de esta conversación: Marcos Alvo, nieto de Dezi, más adelante publicista y socio fundador de “The Cow Company”. Es él quien cuenta este episodio para dar pie al relato de la historia de vida de su abuela en el que es su primer libro, “Mi abuela estuvo en Auschwitz” (Aguilar, 2020), texto que escribió para honrar el compromiso que tenía con ella.
Marcos, ¿qué te motivó a escribir este libro?
-El libro fue una deuda pendiente que tenía con mi abuela y con mi familia. Lo había pospuesto durante mucho tiempo, porque era un tema en el que no me quería meter aún y lo evadía constantemente. Sabía que cuando lo hiciera iba a tener que meterme en un viaje muy profundo y doloroso. Pero como buen procrastinador, tenía que ponerme un límite, de lo contrario lo habría pateado eternamente y decidí hablar con la editorial. Eso me empujó a hacerlo, saber que había alguien que lo esperaba. Pero más alla de eso, la motivación principal tenía que ver con dejar un testimonio de quién fue Dezi Barsilai, una mujer que marcó tanto a mi familia y que se convirtió en nuestro grito de lucha para los mejores y los peores momentos. Quería que mis hijos supieran de dónde vienen y la sangre resiliente que heredaron.
Por lo que se desprende del libro, tu familia no conocía los detalles del paso de tu abuela Dezi por Auschwitz. ¿Me puedes contar cómo te documentaste de la experiencia de tu abuela en campos de concentración y su vivencia posterior a la liberación?
-Mi familia sabía todo en términos generales, pero siempre fuimos cautos (demasiado cautos) en preguntar. Aun cuando ella no hablaba demasiado sobre Auschwitz, cuando ella empezaba a rememorar, sentíamos su dolor y la parábamos o cambiábamos el tema. Así se perdieron muchas historias. Afortunadamente, Steven Spielberg quedó muy conmocionado luego de filmar “La lista de Schindler” y se propuso documentar todos los testimonios de los sobrevivientes antes de que fuera demasiado tarde, por lo que creó la Fundación Shoá y envió cámaras a todas partes del mundo para preservar un registro histórico. Sin ese video, hubiese sido imposible contar su historia, porque ahí quedaron gran parte de las historias que eran demasiado fuertes para escuchar en una sobremesa. Eso, más un diario de vida que encontramos durante su shivá y el blog de la amiga con la que pasó la mayor parte de sus vivencias en el campo, fueron mis medios de consulta más importantes... y claro, los recuerdos familiares y todas las conversaciones que sí tuvimos.
Hay un recuerdo permanente, muy fuerte, de los judíos que fueron desplazados de Salónica respecto de su origen. Y eso se ve también en el libro, desde la gastronomía al ladino. ¿Fue parte de tus motivaciones -o inspiraciones, quizás- al escribir, el reflejo de la cultura sefaradí?
-No fue una inspiración en sí misma, pero es imposible separar la cultura sefaradí de cualquier relato en el que participe un sefaradí. Es esa cultura la que nos define en gran parte y nos diferencia. Pienso que para mi abuela rememorar a su mamá cocinando para Shabat debe haber sido una especie de anestesia para los momentos de hambre y dolor, y que pensar en los dichos de su papá fue la forma de mantener esa tradición oral familiar. La cultura permea cada uno de nuestros recuerdos y le da un tinte de vida.
Por otra parte, hay muy pocos libros de nietos de sobrevivientes relatando, desde su mirada personal, la experiencia de los abuelos. Muy pocos -incluso- de los hijos, entre ellos la obra de Art Spiegelman, “Maus”. Y en todos ellos, los descendientes denotan su sorpresa y -al mismo tiempo- dolor por lo que tuvieron que pasar sus antepasados. ¿Cómo fue para ti conocer la experiencia de Dezi en Auschwitz?
-Para ser sincero, no hubo tanta sorpresa. Creo que la mayor parte, lo grueso, lo sabíamos, y los detalles los intuíamos. Sin embargo, lo que intenté de hacer con la novela fue meterme en su piel e intentar descubrir lo que ella iba sintiendo. Traté de evitar caer en el relato de los hechos y me aboqué a describir emociones, lo que convirtió a la escritura en un viaje muy íntimo, en una suerte de despedida final con mi abuela. Fue un año intenso en el que Auschwitz estuvo demasiado presente en mis sueños, pero pude canalizarla y sentirla muy cerca todo ese tiempo.
¿Y cómo crees que marcó a tu familia el hecho de descender de un sobreviviente? ¿Es este libro parte de ese compromiso de no olvidar que asumen, inevitablemente, los descendientes?
-Hay dos partes a esa pregunta. La primera tiene que ver con que en realidad ella nunca se dejó definir como una sobreviviente. Tenías que escarbar muy profundo para que apareciera la Shoá en su relato. Y esa es una de sus mayores virtudes: nunca tomó la posición de víctima. Lo que la hace aún más fuerte, porque teniendo tan a la mano el argumento “Tú no sabes por lo que yo tuve que pasar”, jamás lo usó. Recuerdo que cuando iba a su casa almorzar y no comía nada, el argumento de presión nunca fue “Yo estuve en Auschwitz y no tenía que comer”, sino que “Cociné toda la tarde para ti, ¿y no te lo vas a comer?”. Para mí, hoy, eso es lo que más admiro de ella. Y sin duda a toda mi familia nos marcó su capacidad de sobreponerse a cualquier cosa y tener la capacidad de dejarlo atrás, de definirse a sí misma por lo logrado y no por lo que le impusieron vivir.
¿Por qué crees que la historia de tu abuela puede llegar a lectores que no judíos ni están familiarizados con la Shoá?
-Intenté narrarlo desde su mirada y, como su mirada no era la de una víctima, está cargado de emociones y mucho humor, lo que hace más fácil poder digerir todas las atrocidades que iban sucediendo a su alrededor. El libro no tiene por objetivo ser un testimonio de los hechos históricos, sino de cómo ella vivió esos hechos, por lo que me parece que puede tener un carácter más universal el que una niña de quince años se haya visto expuesta a circunstancias excepcionales que, ya sabemos a priori, logró atravesar, porque el mismo título revela el final: si es mi abuela, quiere decir que no solo sobrevivió, sino que logró formar una familia pese a todo.