Recuerdo una encuesta realizada hace
algunos años por el entonces denominado
«CREJ» respecto de la identificación religiosa de los miembros de la
Colectividad en la que un altísimo porcentaje
de judíos declaró sentirse «conservador
». Lo mismo sucedió en un reciente
estudio que refleja la percepción
de los apoderados del Instituto Hebreo
respecto de la práctica de su judaísmo.
Así las cosas, creo importante dedicar
esta columna a intentar exponer algunas
ideas acerca de qué implica denominarse
conservador o Masortí, término
correcto para referirse a esta corriente
y que proviene de la palabra Masoret
(tradición).
Eso sí, antes de hacerlo, me parece
esencial distinguir el llevar una vida
judía Masortí, respecto de sentirse parte
o representado por el movimiento
Masortí, cual es el caso de muchos de
nosotros.
Ser Masortí implica tener a la Halajá
como marco normativo y parámetro de
nuestra forma de vida. Sin embargo, no
se trata de un patrón estático, petrificado
en alguna etapa de nuestra historia
en que se decidió compilar o codificar las normas existentes hasta entonces.
Por el contrario, se trata de una guía
viva, una estructura normativa que ha
evolucionado a través de los siglos para
adaptarse a las realidades de la vida
judía, evolución que continúa dándose
hasta nuestro días. No existe un lasaiz fair, por cuanto el
movimiento cuenta con instancias formales -como la Rabbinical Assembly- en donde se discuten
y se resuelven las materias sometidas
a su conocimiento.
Ser Masortí exige entender la
centralidad de Israel para el pueblo judío, no sólo en virtud de nuestra estrecha
y milenaria relación espiritual con
Eretz Israel (tierra de Israel), sino también valorando y apoyando a Medinat
Israel (Estado de Israel), con su historia,
maravillas y problemas.
El movimiento Masortí otorga a la
mujer judía los espacios y oportunidades
para desarrollarse plenamente y
celebra que mujeres se constituyan en
líderes comunitarias y maestras.
Finalmente, ser Masortí implica velar
por la unidad y armonía de toda la
Comunidad Judía, aceptando las diferencias
entre sus miembros y entendiendo
nuestra diversidad como algo
positivo. En buenas cuentas, es tener
conciencia de que lo que hacemos no
nos impacta sólo a nosotros o a nuestras
familias sino a toda la Comunidad.
Por cierto existen materias pendientes,
tales como reducir la brecha entre
el participar de una comunidad Masortí y el vivir como Masortí, o alcanzar
un mayor grado de consenso y
fijar posiciones con mayor claridad respecto
de algunas materias, para evitar
así interpretaciones disímiles -o incluso
opuestas- sobre ellas.
No obstante lo anterior, en nuestra Kehilá creemos firmemente que una
conducta de vida Masortí es la que
mejor permite conjugar el estudio y la
práctica de un judaísmo profundo
(aplicando sus principios en cada uno
de nuestros actos), con el aportar, desde
el lugar y con las posibilidades de
cada uno, a nuestra sociedad, teniendo
siempre como objetivo mejorar el mundo
que nos toca vivir.
¡Shabat Shalom!
Yoab Bitrán
Director del Círculo
Israelita de Santiago