Cada vez que un niño judío es sometido
a su Brith Milá estamos en presencia
de un milagro; ese pacto sagrado,
ese mandamiento es una demostración
más que elocuente de que estamos venciendo
la batalla que tantas veces durante
la historia hemos estado a punto
de perder, y es responsabilidad nuestra
que ese niño tenga la posibilidad de
llevar una vida judía que le permita llegar
a su Bar Mitzvá y luego a la Jupá.
Lo anterior suena simple, pero no
lo es tanto, especialmente en la época
en la que estamos viviendo, sujetos a
estímulos y «atractivos» que a veces nos
hacen perder de vista el norte de nuestra
misión que es la de conservar y preservar
a nuestro pueblo. Imagínense lo
difícil que debe haber sido para las generaciones
que nos antecedieron, como
por ejemplo a los que sobrevivieron a
la Shoá, el haber tomado la decisión de
mantener su judaísmo; cuántos de ellos
deben haberse preguntado si valía la
pena que sus hijos fuesen judíos, y
cuántos de ellos decidieron que no querían seguir perteneciendo a nuestro
pueblo debido a sus padecimientos, poniendo
en jaque nuestra continuidad.
Afortunadamente fueron más los
que decidieron permanecer dentro de
nuestro pueblo que los que desertaron,
poniéndonos a nosotros como sus continuadores
con la misión de pasar la
posta a las futuras generaciones para
que ese pacto no sea jamás roto.
Para nuestra generación es, a pesar
de los estímulos y atractivos que mencioné antes, muchísimo más fácil el llevar
una vida judía ya que no pende
sobre nosotros un peligro como el que
padecieron nuestros antecesores, pero
ese ambiente de libertad puede llevar
a engaño y puede convertirse en el
arma que finalmente termine por consumar
la obra que tantos trataron de
llevar a cabo.
Es por eso que el pacto debe continuar
de generación en generación a través de los siglos para que cada vez que
honremos el pacto, podamos decir
orgullosamente Shejeianu.
Roberto Belan
Past President
Círculo Israelita de Santiago